viernes, 8 de mayo de 2009

Connie Converse: One By One


How Sad, How Lovely: Elizabeth Eaton Converse tuvo suficiente de una vida vivida en condicional. Harta de ese “si” que se interponía entre ella y la felicidad, nos dio la espalda y partió en busca del sol de la mañana, para brillar o para arder, sólo ella sabe. Su huida no podía ocurrir sino bajo un sol fulgente, los rayos reverberando sobre su diminuto Volkswagen, encegueciéndonos, asegurándose de mantener su rumbo en impenetrable misterio. Connie odiaba llamarse Elizabeth y no soportaba los demasiado afectuosos Liz y Betty. Y así, haciéndose llamar Connie, desapareció una tarde de verano del setenta y cuatro.

Down this Road: Nuestras vidas no son más que la suma de los preparativos de nuestras muertes. Pero para algunos pocos, muy pocos, los preparativos se convierten en la posibilidad de renacer. De comenzar de nuevo. O de terminarlo a nuestro modo. Connie, creo, tal como cree su familia, no quiso jugar el juego de mendigar una muerte merecedora de nuestras penas. La vida, es necesario reconocerlo, no había sido precisamente caritativa con ella. Demasiado inteligente para la sociedad que le correspondió en suerte, sobrevivió en paciente exilio hasta ese día, cercano a sus cincuenta años, en el que se entregó a los designios del camino. Desde entonces no sabemos de ella.

Roving Woman: Philip Converse, su hermano, recuerda con sincero afecto cómo “Sis” hizo de él y su familia miembros honorarios del Club de la Canción del Mes. Connie había desertado de una exitosa vida académica para probar suerte con su música. La mayor parte de la década de los cincuenta la pasó entre su estudio de Greenwich Village y su trabajo en el Flatiron District. De vez en vez engañaba al tiempo y grababa alguna canción que enviaba prontamente a su familia en Ann Harbor; la única audiencia de la que disfrutó hasta hace unos meses. Nueva York no quiso saber de su música, y tras rebautizarla Connie, la empujó de vuelta a la vida de la que insistía en separarse. Veinte años después diría adiós.

Trouble: ¿Dónde encontraré otra alma a quien contarle mis problemas? Connie canta y pregunta con algo de urgencia. Su voz carece de todo rastro de afectación y por ello hace más patente una tristeza que se resiste a aflorar. Gene Deitch, quien dedicó su vida a hacer oír las canciones de Connie a todo el que se atravesara en su camino desde el día en que grabó la primera de ellas, comprendió desde un principio la frustración de una mujer incapaz de ser la mujer que de ella se esperaba. Tal vez sea esa la mejor forma de oír estas canciones robadas al olvido: como afirmaciones de libertad, que en su infatigable entereza, reconocen el problema ineludible: el desamor.

We Lived Alone: Connie canta: vivíamos solas, mi casa y yo. Teníamos el cielo, teníamos la tierra. Tenía una mesa pintada de verde, tenía una lámpara contra la oscuridad. Las rosas crecían en mi puerta. Mis penurias eran pocas. Era feliz. Hasta que te quise a ti. Tras posar mis ojos en ti nada fue suficiente… ¿Podrá ésta ser la clave? Quizás. Quizás todo lo que Connie buscaba tras su huida era restaurar esa soledad compartida en la que era simple y plenamente feliz. Porque desamor y tristeza no son sinónimos; porque la tristeza de su música quizás proviene de nosotros, incapaces de imaginar otras forma de ser lo que somos. Haríamos bien en sospechar que lo que para nosotros es una huida, para ella fue retorno.

One by One: Una a una, las canciones de Connie nos hablan de las demandas de la memoria. De esa obligación de no olvidar que nos hemos impuesto por vanidad y temor. David Herman y Dan Dzula sin duda nos han hecho un favor al lanzar How Sad, How Lovely. Treinta y cinco años después de su último adiós el debut de Connie está entre nosotros, y quién sabe, tal vez ella también lo esté. Una a una, las canciones de Connie nos dicen que bien habríamos podido perderlas para siempre. Herman y Dzula nos traen las canciones de Connie bajo un cierto aire de obligación: no pueden terminar de creer que si no recordamos a alguien es como si esa persona no hubiese existido. No comparto su sorpresa (es el orden de las cosas) pero sí su amor por las canciones de Connie. Eso debería ser suficiente. Lo demás podemos dejarlo atrás cualquier día tan solo si tuviéramos el valor de volverlo a intentar.

Hablar de Connie es hablar de un misterio. Intentar descifrarlo es traicionar su espíritu. Después de todo, en una de sus cartas de despedida ella lo ha explicado todo. La falta está de nuestro lado pues no terminamos de entender: “To survive at all, I expect I must drift back down through the other half of the twentieth twentieth, which I already know pretty well, the hundredth hundredth, which I have only read and heard about. I might survive there quite a few years - who knows?” — Sólo tú Connie; sólo tú.

viernes, 27 de marzo de 2009

The Cramps: Bikini Girls With Machine Guns


*Necrología tardía o sobre la (para algunos) ausencia de parvedad de materia

Cincuenta días sin Lux Interior. Mil doscientas horas sobrellevando la falta de la criatura de la laguna de cuero negro. El frontman por excelencia del rock ha partido en su travesía fuera de este planeta. Eso, al menos, es lo poco que nos cuenta Poison Ivy, su eterna compañera. Es suficiente para entender que nunca volveremos a ser los mismos; el escenario está más vacío que nunca. Y más limitado: los sanatorios vuelven a estar fuera de toda consideración.

Lux Interior vivió entregado al instante, a ese instante en el que todo es posible, en el que todo es conocible, en el que todas las mujeres van en biquini, armadas hasta los dientes. ¿Y por qué no? Este mundo no ofrece mucho más. Excepto prejuicios y pusilanimidad. Lux, en cambio, sabia y sinceramente, prefirió pasar un buen rato. Porque nunca creyó en parvedad de materia Lux pudo cabalgar la esfinge con el culo al aire y probar todo tipo de delicadezas venidas de tierras lejanas. Nunca lo negó y de ello hizo una carrera: todos los bares, pastillas y tríos siempre lo llevaron de regreso a esa playa infestada de biquinis amenazantes e irresistibles.

Algunos (aunque no tantos como ellos gustan pensar) sostienen que la virtud es su propia recompensa. No Lux. Porque esa virtud que condena lo superfluo y lo exuberante no puede sino engendrar tristeza. Sin el exceso no encontraríamos caminos que nos lleven lejos de nosotros mismos, no podríamos atisbar lo que pueda ser la vida vivida por un otro. Estaríamos sentenciados a sobrevivir con regocijos sucedáneos. Más simple: sin posibilidades de superabundancia viviríamos en un mundo en el que Ghoulardi no podría presentar El fantasma de Soho con los Rivingtons tronando al fondo.

El de los Cramps, el de Lux y Ivy, es precisamente ese mundo en el que se acepta de buena gana que, cuando de lujuria (palabra derivada de luxus) se trata, como a bien tiene recordarnos más de un moralista, no hay parvedad de materia. La diferencia está en que para Lux esto no es causa de falta alguna. Todo lo contrario. He acá el origen de todo placer. Como se ve, acá no hay pequeñez de cosa, escasez de motivo, ni carencia de ser. Todas y cada una de nuestras experiencias previas se confabulan para parir este instante henchido de posibilidades. Es lo poco y lo mucho que la música de los Cramps tiene que decirnos: en este presente pleno todo es un poco fetiche.

Alguna tarde poco inspirada, tal vez hastiado de tanto periodista que pregunta sin haber oído la música, Lux definió el sonido de los Cramps como “Psychobilly”. Pero, dado que Lux tenía muy claro que el único tema del Rockabilly es el sexo, no hacemos mal en pensar en los Cramps como la más grande de las bandas Rockabilly. Ahí está su fetichismo por Betty Page, madre del fetichismo mediático, para terminarnos de convencer. Por eso en el universo que ilumina su luz interior nada puede ser parvo: todo es un tanto proclive a la lujuria; un tanto delectatio venerea (latinajo inevitable si de lujuria hablamos).

Esta necrología no sólo es tardía (ya son cincuenta días sin Lux Interior); es imposible. La noticia de la muerte de Lux Interior no puede ser escrita. Lujuria, sanatorios, pastillas, biquinis, fetiches, y mucho, mucho cuero: vida inmaculada. Y una vida, en especial una vivida en modo inmaculado, siempre estará en exceso de cualquier cosa que de ella podamos decir. Esa es otra no pequeña ventaja de un mundo carente de parvedad de materia: la muerte no puede ser sino otro instante pleno de vida. Nada de duelos, nada de pesadumbres. Todo lo que hay por decir es que Lux vivió, murió y vive a su antojo y a nadie hace daño. El turno es nuestro.

viernes, 13 de marzo de 2009

Fields Of The Nephilim: Last Exit For The Lost


I.
La nada. El abismo.

II.
No había existencia ni no-existencia entonces; no había espacio ni el firmamento más allá. ¿Qué se estremecía? ¿Dónde? ¿Bajo la protección de quién?

III.
De la fuente en la tierra fue la tierra formada. De la fuente en la oscuridad fue la oscuridad formada. De la fuente en la noche fue la noche formada. De las profundidades de la oscuridad; oscuridad del día, oscuridad de la noche, de la sola noche.

IV.
En todos los pliegues y grietas él dispuso que las cosas se viesen como fulgentes amarillos granos de maíz; en la oscuridad del amanecer del mundo brillaron como chispas de fuego. Así como estos granos esplenden bajo el agua, así las semillas, innúmeras, germinarán de tu seno tocadas por mis aguas para alimentar nuestra progenie.

V.
La salmuera que goteó de la punta de la lanza formó una isla. Le dieron nombre a la isla e hicieron de ella el pilar del centro de la tierra. El dios macho giró a la izquierda y el dios hembra giró a la derecha; rodearon el pilar separados. Al encontrarse se unieron como marido y mujer. Dieron luz a las islas, el océano, los ríos, las montañas, los ancestros de los árboles, los ancestros de las hierbas.

VI.
El alba se ha acercado, preparativos han sido arreglados, la mañana ha llegado para el proveedor, el cuidador nacido en la luz, engendrado en la luz. El amanecer había llegado para la raza humana, para los custodios de la tierra. Es así que los creadores se dieron a pensar en la oscuridad, en la noche. Mientras buscaban y cernían, cavilaban y se preguntaban. Desde sus aposentos de agua amarga sus pensamientos salieron a la claridad; buscaron y hallaron lo requerido para la carne del hombre.

VII.
Aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra y les nacieron hijas los hijos de los dioses vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, las tomaron para sí como mujeres y les engendraron hijos. Los llamaron nefilim. Desde entonces hubo gigantes sobre la tierra. Estos son los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre. Y dijeron los dioses: No contenderán nuestros espíritus con el hombre para siempre porque ciertamente él es carne: sus días serán ciento veinte años.

VIII.
Pronto vieron los dioses que la maldad de los hombres era mucha sobre la tierra. Arrepentidos, decidieron exterminar su creación. Pero los hombres culparon a los gigantes. Aseveraron que nefilim significaba “los caídos”. Los dioses creyeron la adulación de los hombres y ahogaron a los nefilim junto a todas las bestias, los reptiles y las aves del cielo. A un solo hombre salvaron para que recomenzara la creación. Ese hombre nunca pudo olvidar a los nefilim. Desde entonces la existencia de la raza humana es luctuosa. Extraviados buscamos aquella salida que nos llevará a las planicies habitadas por los varones de renombre que un cierto día no dudamos en sacrificar.

IX.
Pocas veces encontramos el camino hacia esa ancha y desolada planicie. Aparte de mi tumba no hay nada más acá, sólo bestias salvajes vagando y luchando por mis huesos. Los espectros errantes que frecuentan esta tumba vuelan con el viento sobre los pinos, rápidos como el relámpago y breves como el rocío de la mañana. ¿Debo permanecer por siempre escondido bajo el musgo, en estas sombras de hierba? ¡Preferiría ser enterrado en oscuro olvido de una buena vez! ¡Tales dolores y deseos atormentan mi alma! En este mundo los vivos se hacen menos y los muertos se hacen más. Como en un sueño todo lo vivido se convertirá en recuerdo y nada de lo sucedido volverá a ser visto. Dejo todo atrás y parto solo. Me acerco. Valientes, los nefilim me esperan.

lunes, 9 de marzo de 2009

Verbatim

Se ha dicho, con razón, que la “imagen”—la del cine, la televisión, la publicidad, la reproducción artística, el reportaje fotográfico, etc.—está cobrando una importancia cada vez mayor en la vida actual. Pero… ¿qué diremos del sonido?… Se despierta el hombre y escucha las primeras noticias por la radio; se dirige al lugar de su trabajo, y la voz de su automóvil le arroja canciones, avisos, sucesos, al rostro. En la oficina, los teléfonos interiores y exteriores no cesan de solicitarlo. El dictáfono está al alcance de la mano. La sinfonola esquinera comienza a afirmar su lamentable realidad. Al tomar el avión, cada cual estará atento a la llamada de los amplificadores. En el cine se oirán voces agigantadas que, muchas veces, marchan por caminos distintos del de la imagen. En la casa, espera una discoteca presta a sonar, a menos de que se prefiera escuchar algún programa emitido por radio. Y, antes de dormir, el hombre moderno dará cuerda al reloj despertador, preparando el sonido que habrá de sacarlo de la cama al día siguiente.

—Carpentier

jueves, 5 de marzo de 2009

Sufjan Stevens: The Lord God Bird


Siempre será posible que los dioses sobrevivan en su retirada. Pero aún allí, lejos de los hombres, corren peligro. Nuestra idolatría puede ser asesina. Cuántos dioses habremos exterminado es imposible saberlo. Pensaríamos que la muerte de un dios no podría pasar desapercibida, pero, como pasa con frecuencia cuando de lo divino se trata, estaríamos en el error. Los dioses de un mundo como el que habitamos no pueden ser sino frágiles; su existencia, precaria. Les hemos dado la espalda, los hemos relegado al olvido, y, en veces, los hemos atacado. Por ello, porque lo sagrado parece estar cada vez más lejos de nuestro alcance, una resurrección siempre será motivo de festividades.

El gran dios pájaro parece haber renacido. Hoy sólo quedan unos quinientos mil de los veinticuatro millones de acres de su hábitat originario. En su desigual batalla con el ídolo industrial ha visto sus árboles convertidos en cajas para máquinas de coser. Hace más de sesenta años no se ha vuelto a oír su llamado de altar. Pero esta deidad alada, este pájaro carpintero con pico de marfil y plumas encendidas de azul y negro ha vuelto a hender los cielos de Arkansas. O por lo menos eso quieren creer los pocos devotos del gran dios pájaro. Errantes, huérfanos en sus pequeñas barcas, surcan las aguas del pantano a la espera del reencuentro. Comparten una convicción: este mundo sería menos desventurado si el gran dios pájaro decidiera regresar.

Gene Sparling nunca dejó de buscar. Un día de febrero de 2004 la divina ave bajó de las copas de sus árboles y acompañó su travesía. Fueron breves y gloriosos instantes. La vida recobraba sentido. Pronto otros incondicionales del dios carpintero harían la peregrinación con la esperanza de una beatífica visión. Tim Gallagher y Bobby Harrison aseguran haber sido objeto de la gracia del gran dios pájaro: menos de veinte metros los separaron de su sublime vuelo. Sin embargo, las lágrimas que el recuerdo trae a sus ojos no terminan de convencer a los escépticos. Las máquinas de coser ya se habían hecho cargo del avechucho en nombre del progreso. Con eficacia y en silencio, como debe ser.

La misma clase de escépticos fue la que envió a Sufjan Stevens y a su guitarra a la diminuta Brinkley, Arkansas. Sufjan, se sabe, anda embarcado en un monumental proyecto: componer un disco para cada uno de los estados de los Estados Unidos. Hasta ahora, Michigan e Illinois ya cuentan con tal fortuna. Pero algunos en la National Public Radio comenzaron a sospechar. Sufjan, les parecía, era demasiado prolífico para ser cierto. La reaparición de un pájaro, debieron pensar, es lo suficientemente pedestre como para poner a prueba sus capacidades. Ignoraban, claro está, que en realidad se trataba del renacer de un dios. Y que nadie mejor que Sufjan, compositor de un disco como Seven Swans, para atender al llamado de la elusiva deidad. El resultado no es otra cosa que un himno en loor de uno de los muchos dioses sin los cuales pretendemos vivir: “The Lord God Bird”. El gran dios pájaro ha retornado bajo la luz del sol del delta.

John Fitzpatrick, director del laboratorio de ornitología de la Universidad de Cornell, lleva esperando al gran dios pájaro toda una vida. Cuando oye las historias de aquellos que han sido bendecidos con su fugaz presencia no puede evitar los sollozos. Por alguna razón que no alcanza a adivinar esta ave en particular lo conmueve como ninguna otra. Tal vez se deba a que se trata del mismo dios del que los nativos atesoraban el cráneo como fuente de poder. Del mismo dios que ha decidido abandonar su retiro para restablecer una comunidad rota por nuestra estulticia. De ese dios que ha querido, por nuestro bien, desafiar el peligro que le representamos.

Fitzpatrick sostiene que puede irse feliz a la tumba sin haber visto al gran dios pájaro a cambio de que encontremos la forma de salvarlo. Sería un modesto precio a pagar: salvando al gran dios pájaro quizás encontremos el camino de nuestra redención.