jueves 5 de marzo de 2009

Sufjan Stevens: The Lord God Bird


Siempre será posible que los dioses sobrevivan en su retirada. Pero aún allí, lejos de los hombres, corren peligro. Nuestra idolatría puede ser asesina. Cuántos dioses habremos exterminado es imposible saberlo. Pensaríamos que la muerte de un dios no podría pasar desapercibida, pero, como pasa con frecuencia cuando de lo divino se trata, estaríamos en el error. Los dioses de un mundo como el que habitamos no pueden ser sino frágiles; su existencia, precaria. Les hemos dado la espalda, los hemos relegado al olvido, y, en veces, los hemos atacado. Por ello, porque lo sagrado parece estar cada vez más lejos de nuestro alcance, una resurrección siempre será motivo de festividades.

El gran dios pájaro parece haber renacido. Hoy sólo quedan unos quinientos mil de los veinticuatro millones de acres de su hábitat originario. En su desigual batalla con el ídolo industrial ha visto sus árboles convertidos en cajas para máquinas de coser. Hace más de sesenta años no se ha vuelto a oír su llamado de altar. Pero esta deidad alada, este pájaro carpintero con pico de marfil y plumas encendidas de azul y negro ha vuelto a hender los cielos de Arkansas. O por lo menos eso quieren creer los pocos devotos del gran dios pájaro. Errantes, huérfanos en sus pequeñas barcas, surcan las aguas del pantano a la espera del reencuentro. Comparten una convicción: este mundo sería menos desventurado si el gran dios pájaro decidiera regresar.

Gene Sparling nunca dejó de buscar. Un día de febrero de 2004 la divina ave bajó de las copas de sus árboles y acompañó su travesía. Fueron breves y gloriosos instantes. La vida recobraba sentido. Pronto otros incondicionales del dios carpintero harían la peregrinación con la esperanza de una beatífica visión. Tim Gallagher y Bobby Harrison aseguran haber sido objeto de la gracia del gran dios pájaro: menos de veinte metros los separaron de su sublime vuelo. Sin embargo, las lágrimas que el recuerdo trae a sus ojos no terminan de convencer a los escépticos. Las máquinas de coser ya se habían hecho cargo del avechucho en nombre del progreso. Con eficacia y en silencio, como debe ser.

La misma clase de escépticos fue la que envió a Sufjan Stevens y a su guitarra a la diminuta Brinkley, Arkansas. Sufjan, se sabe, anda embarcado en un monumental proyecto: componer un disco para cada uno de los estados de los Estados Unidos. Hasta ahora, Michigan e Illinois ya cuentan con tal fortuna. Pero algunos en la National Public Radio comenzaron a sospechar. Sufjan, les parecía, era demasiado prolífico para ser cierto. La reaparición de un pájaro, debieron pensar, es lo suficientemente pedestre como para poner a prueba sus capacidades. Ignoraban, claro está, que en realidad se trataba del renacer de un dios. Y que nadie mejor que Sufjan, compositor de un disco como Seven Swans, para atender al llamado de la elusiva deidad. El resultado no es otra cosa que un himno en loor de uno de los muchos dioses sin los cuales pretendemos vivir: “The Lord God Bird”. El gran dios pájaro ha retornado bajo la luz del sol del delta.

John Fitzpatrick, director del laboratorio de ornitología de la Universidad de Cornell, lleva esperando al gran dios pájaro toda una vida. Cuando oye las historias de aquellos que han sido bendecidos con su fugaz presencia no puede evitar los sollozos. Por alguna razón que no alcanza a adivinar esta ave en particular lo conmueve como ninguna otra. Tal vez se deba a que se trata del mismo dios del que los nativos atesoraban el cráneo como fuente de poder. Del mismo dios que ha decidido abandonar su retiro para restablecer una comunidad rota por nuestra estulticia. De ese dios que ha querido, por nuestro bien, desafiar el peligro que le representamos.

Fitzpatrick sostiene que puede irse feliz a la tumba sin haber visto al gran dios pájaro a cambio de que encontremos la forma de salvarlo. Sería un modesto precio a pagar: salvando al gran dios pájaro quizás encontremos el camino de nuestra redención.